miércoles, 20 de febrero de 2013

Los augurios del final del Imperio Inca

Guayna Qhapaq luego de consolidar la obra de sus antepasados había llevado el Imperio a su máximo esplendor. Ahora con la definitiva conquista. Con la definitiva conquista del reino de Quito, su poder se extendía de la selva al mar y del Ancasmayo al Maule. Con razón lo llamaban hijo del Sol, Señor de las Cuatro Partes del Mundo y Ordenador de la Tierra.

Estando en los últimos años de su vida, cuando después de un larguísimo gobierno, acontecieron sucesos muy extraños que amargaron el final de su reinado. Comenzaron estos hechos misteriosos con la aparición de unos hombres que tenían el rostro blanco y mucho cabello alrededor de la boca, los cuales cubrían su cuerpo con deslumbrantes atuendos de metal. Venían navegando la costa con dos enormes balsas con muchas velas, no usaban remos alguno para virar su embarcación y lo primero que hacían al pisar tierra era buscar oro. El Inca al saber de su presencia les envió ciertas muestras de grueso y amarillo cori, pero cuando los portadores del dorado obsequio llegaron a la costa ya habían partido los extraños visitantes y por más que hicieron no los pudieron alcanzar.
Guayna Qhapaq debió quedar meditabundo, la tierra era más grande de lo que él creía y además albergaba a varios pueblos exóticos. Ese mar del Contisuyu sabía demasiadas cosas, mas no las quería contar. Primero trajo su padre, Thupaq Inca hombres negros de unas islas y ahora vendrían estos hombres blancos en la misma dirección. El Inca percibía su curiosidad insatisfecha.

Cuentan que a partir de este momentos ya no quiso realizar nuevas conquistas, pero que en cambio pasaba muchos días vigilando el mar. Entre tanto mientras meditaba en ese lugar, llegó un mensajero del Cusco con una noticia funesta. Los orejones de la capital sagrada le neviaban decir que durante la fiesta del Sol, vieron venir por los cielos a un cóndor real perseguido por cinco o seis halconcillos que lo atacaban y no lo dejaban volar. El cóndor trató de librase de ellos, pero herido traidoramente por sus adversarios, se dejó caer sangrante en la gran Plaza del Cusco. Los orejones lo recogieron, mas de nada sirvieron sus cuidados porque a los pocos días murió. Consultado el hecho con los sacerdotes; éstos le interpretaron como un augurio del final del imperio.
Guayna Qhapaq se entristeció y consolándose con el pensamiento de que los tarpuntaes se hubieran equivocado, trató de olvidar el acontecimiento. Pero otro suceso funesto, también ocurrido en el cielo del Cusco, se le impidió. Este suceso se debió a la Luna, la divina Mama Quilla, que siempre se había mostrado esposa del Sol y madre generosa de los Incas. Contaban esta vez los orejones que estando una noche el firmamento claro, irrumpió la Luna a manera de mujer desesperada, mostrando tres divisiones en su interior. La primera era del color de la sangre, la segunda negra como la oscuridad, y la última grisácea, como el humo que subsiste a un gran incendio. Según los adivinos del Cusco, la guerra, el caos y la destrucción mejor no se podían anunciar. Y otra noche fue el propio Guayna Qhapaq que a través de una ventana divisó un gran cometa. Luego le comunicaron que sus últimos días de reinado ya no contaban con el favor de los dioses, porque una nueva enfermedad mortal empezaba a diezmar la población del Tawantinsuyu. Muchos pueblos estaban asolados, a los enfermos se les desfiguraba el rostro; más de 200 mil vasallos sucumbieron a la peste. El desconocido mal no perdonaba ni a los propios parientes del Inca. Sus hermanos Auqui Thupaq y Mama Coca habían caído fulminados, al igual que su tío Apo Ilaquita.

Deseoso de acudir en socorro de la capital sagrada, el Inca se aprestó a partir, iniciando su propósito con grandes ayunos y penitencias. Solo, sin beber sora ni comer ají, el soberano se dio a una complicadísima liturgia con miras de alcanzar el perdón para su pueblo. Encerrado en su habitación rezaba al Sol y a Wiracocha largamente. Un día durante sus arrebatos místicos entraron sorpresivamente tres nativos enanos, a los cuales nunca había visto.
Sorprendido se quedó mirándolos; los diminutos personajes le dijeron: "Inga, venímoste a llamar" y al instante desaparecieron. Guayna Qhapaq llamó entonces a sus guardias para reñirlos por haber permitido entrar a los intrusos, pero al preguntarles: "¿Qué de esos enanos que vinieron a llamar?", todos le contestaron: "No los hemos visto". El Inca sospechó lo sucedido y bajando la cabeza, resignado murmuró: "Morir tengo".

Efectivamente, llegado a Quito, le dio una enfermedad llamada viruela. El terrible flajelo traído a las costas del Imperio por los negros y españoles, había cobrado su más preciada víctima. Se enviaron mensajeros al Santuario de Pachacamac para preguntarle al ídolo hablador ¿cúal ?era la secreta medicina para curar al Inca; pero por le momento no hubo contestación.Guayna Qhapaq, ya postrado, dictó entonces sus últimas medidas de gobierno. Su hijo Ninan Coyuchi, sería el sucesor y en su defecto, Waskar (Huáscar).
Con la ceremonia de la Callpa de los dioses manifestarían su beneplácito. Los orejones corrieron al templo, varias llamas fueron muertas y en sus vísceras infladas trataron de leer si sería venturoso el próximo reinado. Pero los augurios en nada favorecieron a los príncipes elegidos por el soberano. Presurosos tornaron los nobles donde el Inca para que cambiara su decisión y nombrase a otro sucesor, pero ya el monarca estaba agonizando y su rostro, cubiertas de pústulas feísimas. tenían una monstruosa expresión.
Los orejones se acercaron para hablarle; pero el Inca ni siquiera se movió, tenía fija la mirada en el vacío.
Guayna Qhapaq había muerto, ahora nadíe podía cambiar la sucesión.

Mientras los orejones se cubrían la cabeza con el manto y las mujeres rondaban el cádaver tocando tamboriles, Cusi Tupaq, que tenía el cargo de Mayordomo Mayor del Sol; partío a Tumebamba a notificar a Ninan Coyuchi. Mas los dioses seguían molestos, pues llegado a la ciudad halló a Ninan Coyuchi muerto también víctima de la viruela. Sin perder tiempo volvió a Quito donde estaban los orejones celebrando los funerales del Inca. Halló al difunto momificado y revestido con sus galas imperiales. En torno a la momia, concubinas y criados lloraban por su señor y pedían ser enterrados vivos con él para servirlo en la otra vida.
La Coya, esposa legítima del Inca muerto, era una de las más atribuladas. Sentada y con la mirada en el suelo, no cesaba de llorar. Condolido con su llanto se le acercó y entonces, pretendiendo consolarla, le dijo una frase que iba a cambiar la historia del Imperio: "No estés triste, Coya, apréstate y ve al Cusco a decir a tu hijo Waskar como su padre le dejó nombrado por Inga después de sus días."

Leiner Cardenas Fernandez

Historiador de profesión y especialista en informática educativa por convicción.

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